martes, 19 de marzo de 2013

Artículo de opinión VI


Los cimientos se tambalean

Asombro, incredulidad e incertidumbre. Son solo algunos de los sentimientos que invadieron a millones de ciudadanos de todo el mundo cuando el pasado 2 de febrero, el que hasta entonces había ocupado el máximo puesto del escalafón de la Iglesia católica, Benedicto XVI, anunció su renuncia. Tras ocho años de pontificado, Joseph Ratzinger se declaró falto de fuerzas para seguir en su cargo y así se lo hizo saber al mundo.

Han sido muchas las especulaciones que desde entonces se han llevado a cabo sobre este inesperado e insólito acontecimiento, que pilló por sorpresa incluso a los ayudantes más próximos del papa. En la versión oficial se aludió a las numerosas batallas por el poder y la corrupción en la Santa Sede, y no es de extrañar, ya que tras la filtración de documentos secretos con el caso Vatileaks y los numerosos casos de pederastia que en los últimos meses han salpicado a la Iglesia, la institución ha quedado muy tocada.

Un mes y medio después de la renuncia, tras cinco votaciones en el cónclave, la fumata blanca anunciaba la elección del argentino Jorge Mario Bergoglio como sucesor de Ratzinger, el primer papa americano y jesuita. Y muchos se preguntan si un pontífice tachado de homófobo y con una actitud un tanto misógina ayudará a renovar la apariencia de la Iglesia católica, que en las últimas décadas ha sido testigo de cómo las nuevas generaciones van abandonando la Iglesia y el laicismo se impone a pasos agigantados.

Nadie tiene soluciones mágicas, pero la tarea renovadora del papa Francisco tendrá que empezar casi de manera inmediata y habrá de ser una reforma en profundidad, comenzando por los pilares fundamentales, lo cual no parece tarea fácil. Y es que parece indudable que la Iglesia necesita un  buen lavado de cara si pretende frenar este proceso de deterioro, en un momento en el que los cimientos de la institución parecen tambalearse más que nunca.

martes, 5 de marzo de 2013

Artículo opinión V


Un terremoto en Europa

Son incesantes las noticias que nos han llegado en la última semana sobre Italia y la situación de “desgobierno”  que impera en el país transalpino tras las últimas elecciones generales. Los peores pronósticos se cumplieron, y la apuesta progresista de la coalición de centroizquierda de Bersani, pese a llevarse el mayor número de votos que le permite acceder a la Cámara de los Diputados, no logró convencer lo suficiente como para alcanzar una mayoría el Senado.

El descontento entre los italianos es evidente, y la desafección política también. Tanto es así que el presidente saliente, el tecnócrata Mario Monti, no logró ni siquiera posicionarse como tercera fuerza política, en favor del revolucionario y populista Beppe Grillo, que con su Movimiento 5 Estrellas logró hacerse con casi una cuarta parte de los sufragios. Incluso Berlusconi, ese líder tan carismático como demagogo y narcisista, que resurge de sus cenizas como el ave fénix, se quedó a tan solo un puñado de votos para llegar a la presidencia.

La frustración ciudadana se ha materializado en las urnas. Los italianos reprueban las políticas de austeridad y recortes que Monti, impulsado por la Troika, impuso en los últimos meses y que no hicieron más que ahogar a uno de los países de Europa más castigados por la crisis. Y la consecuencia de esto no es solo una situación caótica dentro de sus fronteras. Los principales mercados europeos se vieron afectados de inmediato por inestable situación en que quedó Italia tras los comicios, especialmente el Ibex 35, indicador de referencia en España.

El futuro es incierto, y el sistema pactista del que hablan los expertos analistas como única salida a la coyuntura todavía se plantea como algo difícil. Lo que es indiscutible es que se hace necesario un acuerdo que devuelva la estabilidad política a Italia y que conlleve la calma del resto de mercados europeos, si no queremos que lo que hoy es una pequeña sacudida se convierta en un verdadero seísmo que azote a toda Europa.