Un giro radical
Cuando pensábamos que ya no podrían
salir a la luz más casos de corrupción política en nuestro país, que el cupo estaba
sobradamente cubierto, nos damos cuenta de que tristemente no estábamos en lo
cierto. Basta con encender la tele o la radio para que los informativos nos
sorprendan, casi a diario, con la noticia del ejercicio de acciones de dudosa
legalidad por parte de algún alcalde o concejal de este o aquel otro pueblo o
ciudad. Eso cuando no se trata de figuras de primera línea política que, aprovechándose
de su posición privilegiada, se dedicaban a desviar fondos públicos a cuentas
en Suiza burlándose del fisco español.
Los casos Bárcenas, Pokémon, Palau o Nóos, no hacen más que minar la
imagen y credibilidad de un ya de por sí deteriorado Estado español, que no
sabe bien hacia dónde va porque sus principales dirigentes parecen haber
perdido el timón, navegando a la deriva ahogados en la incertidumbre. Dónde han
quedado los valores democráticos es lo que se preguntan muchos ciudadanos, que
a día de hoy parecen más preocupados por las corruptelas de la clase política que
por problemas estructurales de gran calado como el paro o los recortes sociales,
que hasta hace no mucho tiempo eran su principal quebradero de cabeza.
Y es que las instituciones
españolas, desde la Monarquía hasta el Poder Judicial, se encuentran sumidas hoy
en un proceso de desintegración que ha de frenarse a tiempo si no queremos
perder todo aquello que tanto tiempo costó conseguir. Se nos llena la boca hablando
de democracia en un país en el que, de facto, rige el principio de listas
electorales cerradas, la elección de gran parte de los miembros de la
judicatura se lleva a cabo por los propios
partidos–debiendo ser la esencia del Poder Judicial su independencia con respecto
a los otros dos poderes estatales- y en el que la transparencia en la
financiación de las grandes formaciones políticas ha quedado en entredicho en
los últimos tiempos.
Si bien antes de iniciar
cualquier reforma que pretenda paliar la grave crisis política e institucional
que el país atraviesa, deberían plantearse nuestros dirigentes la posibilidad
de llevar a cabo una reforma de la Constitución del 78, que parece haber
quedado obsoleta. Si los políticos se
encuentran atados de pies y manos en muchos ámbitos es justamente porque el
texto constitucional no les deja margen de acción, y se ha de tener en cuenta
que las circunstancias de hace más de 30 años eran muy diferentes a las
actuales. Sólo de esta manera, con una profunda transformación de la misma,
podría emprenderse ese camino de metamorfosis que suponga un giro de 360 grados
y permita poner un poco de orden en lo que, más que un Estado desarrollado, aparece
hoy ante nuestros ojos como una auténtica república bananera.
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